sábado, 17 de mayo de 2008

Entrega inmediata

De nuevo la noche nos juntó sin querer. Estaba con las chicas, festejando la noticia que llegó de Paris: después de mucho tiempo y diversos tratamientos, Jackie tuvo a sus mellizos, sanos y felices. Brindábamos y bailábamos en la barra de atrás. Eran como las 5 de la mañana, y yo ya había perdido las esperanzas de verlo. Hubiera sido una lástima, porque realmente me sentía bien. Estaba bronceadita, con ropa nueva, y esperándolo ansiosa.
En una vuelta de rock, ahí estaba, recién llegado, precioso, con una remera de lino blanco inmaculado, y perfumadísimo. La exacta imagen que quería ver.
Con las caras iluminadas por el encuentro nos acercamos los dos. Largo beso. De extrañarnos. De necesitarnos.
Lo primero que me dijo fue qué bueno encontrarme, ya que había pasado el miércoles a la noche por casa, porque quería verme y había perdido su agenda cuando se mudó de oficina –dejó la sociedad que tenía con los chicos, y se fue a otra firma-. Justamente esa misma noche estaba diciéndole a mamá que el viernes iba a ser una gran día, porque lo iba a volver a ver, mientras hablaba embelesadísima, con Norberto, y le contaba por qué lo amo tanto.
Me contó que pasó mucho tiempo afuera, y de aquí para allá por trabajo. Su amante son los barcos. Ocupan más su corazón, su alma, que su vida privada. ¿Cómo competir?
Tenía que arreglar temas laborales (ay, este trabajólico que me vino a tocar en suerte...), así que se quedó un buen rato atrás. Pero yo no quería que se me escapara. Estaba tan lindo, que lo único que podía hacer era pensar en más tarde.
El momento no se hizo desear: lo llamé y se acercó rapidito, con su whisky en la mano, y no se fue más. Quizás, le dije, deberíamos ver si podemos ser amigos (¡ni yo me lo creía!). Pero ése no era su plan. “-¿Para qué? Si juntos estamos mejor que de ninguna otra manera.” Y ya lo creo que tiene razón.
Las chicas estaban ocupadas con alguien. Y no interrumpieron.
Nos fuimos de la mano, llevamos a Lola hasta Caballito –para el resto del camino, él se encargó de que un taxi la dejara en la puerta de su casa-, y nos fuimos a casa.
Entre declaraciones de que soy la mujer perfecta para él, y cuánto muere de amor cuando lo rozo, cuánto cuánto cuánto le gusto, te amos y millones de besos, sexo desesperado y abrazos fuertísimos, nos dormimos a los pies de la cama.
Nos despertó el frío. Dimos la vuelta, nos acurrucamos uno en el otro tapados hasta la nariz, casi anudados, y seguimos hasta el mediodía.
De desayuno me prefirió a mí al mejor café con leche. Y ahí nomás me tenía servida.
Se hicieron las tres de la tarde, y no lográbamos salir de la cama, para no tener que despegarnos. Pero a mí me esperaban en casa de mamá, y a él Sibila para ir al club.
Me llevó, sin dejar de besarme y derretirme –casi casi volvemos para enredarnos un ratito más, pero nos contuvimos, viendo la hora que se había hecho-, y nos divertimos en el auto, encontrando los parecidos de la gente con los actores de Hollywood (juego que yo hago hace años, y él, sin saberlo, comparte).
Floto en la verdad de mi enamoramiento. Y me río porque sí.

lunes, 12 de mayo de 2008

¿No será mucho?


¿Qué fue eso? Ni siquiera me dio para terminar de contar un solo encuentro. Un capítulo que intenté escribir en mi vida, un delirio total, que creí posible como para olvidar toda la historia de cuerda floja con él. Y, no. Claro. No funcionó. Mala receta. ¿Pero no era que un clavo saca a otro clavo, o algo así?


Resultado: una noche cualquiera de una semana complicadita sonó el teléfono. Y se me estampó una sonrisa en el alma. Era él, anunciando que venía con champagne, para relajarnos y reírnos juntos, ya que su semana tampoco había sido de lo mejor.

En menos de diez minutos arreglé la casa, tendí la cama, me depilé, me bañé, me cambié, me maquillé y, hecha una diosa, bajé a abrir la puerta. Traía tres botellas en la mano, lo que significaban dos cosas: 1) que estaba con problemas graves, y 2) ¡¡¡que se avecinaba una noche maravillosa!!!

Me pidió darse una ducha, ya que venía de todo el día en la oficina. Salió perfumadito, impecable, con sus pantalones de vestir y su perfecta camisa (¿cómo hace este hombre para que su ropa ni siquiera se arrugue durante el largo día?), pero descalzo.

Y el pronóstico no se equivocó: estuvimos toda la noche despiertos, haciéndonos masajes con aceites y, por qué no, con algo de tanto champagne que había en la mesita de luz, acariciándonos los pies, hablando de amor y cine, mimándonos, mimándonos, mimándonos. Se fue a las siete de la mañana, sin haber pegado un ojo, a llevar a su hija al colegio. Yo me desmayé, totalmente complacida y empalagada por él.

Me pidió que fuera a ver Moulin Rouge, porque entonces iba a entender lo que nos pasaba. Dice que es la película más exquisita que vio, y que, encima, habla de nosotros. No quise saber con quién fue a verla.

Se pregunta por qué no encuentra nunca el momento de pasar más tiempo conmigo si lo hace tan feliz, si mi cuerpo es el único lugar donde se encuentra en paz (sic). Soy un tarado, repite. Yo no soy quién para desmentirlo.

domingo, 27 de abril de 2008

Embraceable you


Si sólo dejaras
volver a tu niño,
jugar y reírte,
lanzarte, acunarte.
Volver sobre tus pasos cansados
para ver tranquilo cómo nace el sol
cada mañana.
Flotar con un globo en cada mano,
dejarte llevar,
deslumbrarte,
soñar y llorar.

Si sólo dejaras
que te conmoviera
mi amor...

Si sólo dejaras
nadar a tu alma
todos los brindis
anidarían en nuestra cama.

viernes, 11 de abril de 2008

Fichas

De repente, y sin siquiera percatarme, mi vida empezó otra etapa. Lo sé. Y no una etapa sin él.

Simplemente es como si las cosas tomaran su verdadera dimensión, la real importancia.

Pero casi no me reconozco. ¿Quién era esa que anoche respondió al cuestionario entero de Ramiro?

Será que estuve tanto tiempo en la incertidumbre, que ahora quiero sólo certezas, desesperadamente.

Cuando lo vi a Rami al lado mío en la iglesia, durante el casamiento de mis primos, todo encajó en su lugar. Todo estaba siendo exactamente como tenía que ser.

sábado, 5 de abril de 2008

Cuánto dura el destiempo?

Testamento

Te construyo nuevo
y desmorono
uno a uno
los peldaños que te trepan
como ácida hiedra.

Con terquedad y vandalismo
agazapados
devoro
el último aliento
de otra despedida.

Sólo lamento no haber sido
manantial para tu cansada espalda
ni tu sol de la mañana,
ni mis ojos
el desahogo de tus ansias.
Ni el nido al final de una dura semana.
No haber llegado
a desenmarañar tu risa.
No haber encontrado
otro final para esta historia.
Pero la primavera me agarra por sorpresa
y me deshojo en adioses.

En mi mudo duelo
ya no es tu cuerpo
sino las flores de tu beso
lo que extraño.
Y tus manos trasnochadas
tramando
todo menos el encuentro.

martes, 11 de marzo de 2008

Otro espejo


Tengo unas ganas tremendas de verlo. Pero temo.

Ari piensa que eso de alejarse después de noches compartidas es su manera de poner (¿ponerse?, ¿ponernos?) un freno, porque si fueran todos los días iguales, esto sería un desastre.
De todas maneras, sea por amor o no, sigue siendo una posición extremadamente egoísta la de él. Y, en base a esa posición, yo no sé cuál adoptar.
Este vaivén de emociones que me provoca está pudiendo con mis nervios, con mi cabeza, me siento totalmente absorbida por todo esto. No sé si es lo más fuerte que me pasó en la vida, pero así lo siento. En realidad, lo siento como si fuera lo único que me pasó en la vida.
Estoy rara por no poder aportar nada a la relación. Quizás, simplemente, es la primera vez que las cosas no son a mi manera. Si lo pienso, yo sigo sin hacer prácticamente nada para provocar alguna reacción en él. ¿Pero, valdría la pena? ¿Qué ganaría? Que se asustara más, tal vez. Pero dudo que cambiara su posición con respecto a nosotros.
Y, la verdad es que ni siquiera sé qué es lo que quiero provocarle. Que las ganas de verme fueran irresistibles. Aunque yo no sé cuánto de ganas tiene por lo general, ni cuánto lucha contra eso.
El otro día tuve una conversación con mi mamá al respecto. Y otra vez, al poner todo sobre la mesa, surgió una posibilidad en la que no había pensado: jamás se me ocurre decir que él, en el mismo momento en el que yo lo pienso, le está diciendo a alguien que existe una mujer que lo puede, que cada vez que aparece, no puede evitar irse atrás de ella. ¿Por qué no?

viernes, 7 de marzo de 2008

NY


La tregua es tu cuerpo.
Y tu verdad
mi propia guerra.