martes, 19 de agosto de 2008

Que los cumplas...


Ya casi treinta:
fino cristal
que no refleja
más que al viento
que arrecia con todo
y abandona
la precaria telaraña
de mis días.

jueves, 7 de agosto de 2008

Olas que vienen

Mi nuevo trabajo de camarera me mantiene ocupada por las noches (ocupada, dije, lejos está de distraerme). Pero la vuelta a mi silenciosa casa provoca que las lágrimas resbalen, imperceptibles. Desde que mi adorable weimaraner, compañerito incondicional, se murió, el volver solitario a una casa que sólo guarda mi voz, se hace duro, casi imposible. Por ahora, no quiero otro perro, por la libertad que significa llegar cuando se me antoje, o simplemente no volver, y todo está tan limpito... Pero quieto.

No sé bien cómo fue que terminé metida en esta historia. Era tan perfecta en un principio: totalmente light, sin ataduras, sin compromiso, ideal para mí, recién terminando una larguísima historia. Romance espectacular para un día, tal vez dos, pero nunca para una vida. No sé tampoco cuándo cambió tan drásticamente de forma y de contenido.

Tal vez después de un largo tiempo, tal vez esa increíble primera noche.

Debería haberlo sabido. Debería haber hecho algo para impedirlo. Pero seguí adelante. Y lo peor de todo es que no me arrepiento ni de un solo minuto.

Significa todo para mí. Y todo lo cambió. A partir de él me doy cuanta de que miro a los hombres desde otra perspectiva, espero otras cosas. Ya no me atraen los “chicos”, necesito un hombre al lado. Y me siento más linda, más sexy, cambió mi postura, no sé bien qué es. Manejo de otra manera mi sexo. Aprendí a disfrutar de otras cosas. Y todo eso sintiéndome fiel a mí misma. Jamás lo devolvería. Sé lo que quiero, cosa que antes tenía desdibujada. El tema es cambiar el “quién”. Y no logro borrar su cara de mis películas del futuro.

Cuando me preguntan qué escribo, me da un poco de vergüenza decir que es un diario personal –cosas de adolescente, y yo... ¡tan grandota!-, así que contesto que escribo una novela sobre una mujer enamorada del mar. Y no estoy mintiendo tanto. Una mujer enamorada del mar no tiene remedio. El mar: siempre yéndose, escurriéndose entre los dedos, un amor de agua, de mareas subiendo y bajando eternamente. De furia incontrolable, y tierno amanecer. ¿Quién podría evitar enamorarse del mar? Y después, ¿sería posible dejarlo?

miércoles, 23 de julio de 2008

Desmejorando hacia la noche







Ayer mi cara se iluminó por un rato, porque después de mucho tiempo fuimos a Pazzo. La luz duró lo que la ilusión, y se fue diluyendo a medida que pasaba la noche y él no llegaba.

Y hoy, otra vez el vacío. Se apodera de todo, sin que yo quiera evitarlo. Es que no tengo ganas de hacer otra cosa que esperarlo. Y me horroriza estar pensando esto, así. No sé esperar qué, ni para qué.

Lo que pasa es que la sola idea de alguien más, otra piel, otra voz en mí, otras manos contra todo esto, otros ojos buscándome, me provoca sólo resignación. Me espanta que el amor se convierta en eso para mí.

En dos meses cumplo 30 años. Si hace un tiempo me hubiesen dicho que a esta edad iba a estar pasando por esta situación, me hubiera reído largamente. Y, sin embargo, aquí estoy, sin siquiera dejar una puerta abierta a otra realidad ajena a ésta.

Me pregunto constantemente si él habrá seguido su camino como si nada hubiera pasado. Si se acordará de mí alguna vez, si una canción lo hará recordar algo que compartimos. (Por ejemplo, si yo escucho “Capullito de Alelí”, inevitablemente me sonrío. Fue la única vez que bailamos juntos, en su versión salsa, y hasta diría que logré moverme al ritmo, y sin desmayarme en sus brazos. ¿Cómo olvidarlo?) Si se queda a veces despierto pensándome, o evitando cerrar los ojos para no soñar irremediablemente conmigo. Si camina con precaución y observándolo todo por las calles en las que solíamos encontrarnos. En fin, si la historia lo tocó, lo trastorna como me pasa a mí. Lo dudo tanto... Pero me conforma algo más pensar de esta manera. Sólo un poco más.

Encima, hace más de quince días que llueve incansablemente, por lo menos un par de horas. Y hace frío.

viernes, 11 de julio de 2008

Vacuo

Este diario tiene que salir a la luz. Convertirse en público, ser un libro, una película. Si no, sigue siendo más de lo mismo: dedicarle días, años, sueños y desvelos para que quede en mí (ni siquiera en él, que jamás llega a enterarse, sólo en mí para mí).

¿Nunca sabrá cuánto lo amo? Y ahora que, por lo visto -ya que hacen meses que no nos vemos, no aparece por los lugares que compartíamos, no trabaja más por el barrio, y no contesta los dos llamados que le hice-,
“dimos” por terminada la relación, ¿qué hago con este tremendo paquete de sentimientos no expresados?

A veces creo que me va a enfermar tener todo esto sin poder volcarlo. Casi puedo tocarlo, de tanto que es. Tiene forma y hasta color. Y me pesa en los hombros y en el alma.

¿Cómo abandonarlo? ¿Dónde depositarlo?

¿Adónde va el amor cuando no va a ningún lado?

miércoles, 25 de junio de 2008

Parece junio


Sin pena ni gloria
pasó el verano.
Y vos sos lo que se llevó:
mi ilusión, mi paciencia,
el agrio tiempo.

La rutina de la lluvia diaria
y la densa soledad
transpiran las paredes
de mi angosta guarida
que se descascara un poco más
cada día
imitando a mi temple.

Se invitan a pasar tu sombra
y tu silencio,
la oscuridad abismal de tus ojos,
los huecos de tus manos
y del amor.

El frío vacío
duele.
Yo ya no grito

pero tampoco cierro las ventanas.

domingo, 8 de junio de 2008

Código morse

Fui al cine, nomás, a ver la película que él me había recomendado. El mensaje no estaba del todo claro. Y no era exactamente que hablara de nosotros. Pero la conclusión es inevitable: siempre nos amaremos, aunque no estemos juntos. “Pase lo que pase, siempre nos vamos a amar.” Sí. Típico de él. Que se conforma con esto, idílico, de vernos una vez por mes y que, de esa manera, todo esté siempre perfecto. Siempre mantenemos la emoción del primer día, de la primera vez, del primer beso. ¡¡¡Es que cuando vuelve ya no me acuerdo ni cómo era!!! Pero para mí, no siempre es suficiente.

Pero es lo que es. La opción es que simplemente no sea. Y no elijo eso. ¿Cuándo en mi vida me había sentido tan viva? Nunca. Nunca me había sentido tan presente como cuando él ronda. Despierta la totalidad de mis sentidos. No quiero dejarlo pasar.

Juntos brillamos como un millar de soles. Lo sé. Con total certeza.

Yo creo siempre en el amor, incluso cuando sé que no va a durar eternamente. Tengo que creer en el amor. Hay que creer en el amor. Es lo que nos salva: de la locura diaria, de la guerra interna, de la guerra externa. ¿Cómo no creer en el amor?

Qué tremendo terremoto significa que visite cada tanto mi vida... Es como una fiesta.

Nos hablamos despacito sin decirnos más que caricias. Me pregunto cuándo fue que creamos ese idioma secreto. En algún lugar entre el silencio, yo lo oigo. Si no está, sólo quedan palabras en una lengua que desconozco. Y entonces ya no entiendo nada.

sábado, 24 de mayo de 2008

Planisferio


Recibí un mail de María Campana, contándome que está esperando un hijito. Después de hacerse de todo, porque no podía quedar embarazada, una de tantas cosas que probaron hizo su efecto. Y me entero de esto por mail, mi queridísima amiga-hermana está esperando un bebé, viviendo el momento más feliz de su vida, y la distancia perra hace que sea la tecnología la que me haga llegar la noticia, y no su voz o sus emocionados ojos. Quisiera estar con ella, abrazarla, saber cómo acompañarla. Me siento tan lejos...
El tiempo pasa. Y otros hombres en mi vida. Eso de jurar fidelidad para toda la vida resulta muy aburrido. Aunque, en realidad, cómo me gustaría tener lo suficiente de él como para no necesitar nada más.
Facundo, finalmente, después de mucho luchar por la visa de trabajo, de cambiar varias veces de destino, y de tironear de mí para que lo acompañara y lograr, de una buena vez, hacer una vida conmigo, armó sus valijas y se fue a vivir a Sevilla. Fue una despedida muy extraña, con la congoja del adiós, promesas de que el tiempo y la distancia iban a ser más cortos que lo que indica el mapa, y un beso que tenía gusto a para siempre. Me sentí vacía, como si no hubiese sido yo la que estaba en Ezeiza agitando la mano.
Por lo visto, febrero fue el mes que él eligió para tomarse vacaciones. No nos volvimos a ver ni por aquí ni por allá, a pesar de que yo cumplí con mi promesa de grabarle dos veces en el contestador mi número de teléfono. Capaz que lo anotó y lo perdió, o perdió la agenda de nuevo, o perdió el celular. (Siempre existen esas posibilidades, ¿no?)