
Yo sabía. Yo sabía que esto estaba por pasar.
El viernes fue el cumpleaños de Lola. Cuando entré a Pazzo vi a todos sus amiguitos dando vueltas por la barra. No veía a ninguno de ellos desde enero, pero ahí estaban todos, como reunidos en una cita secreta. Hasta la petisa que se le hacía la novia hace un tiempo. Pero él no. Y pensé entonces que nunca más iba a volver a verlo.
Y así estaba bien.
¿Realmente creía que estaba bien? ¿Cómo puedo haber pensado que estaba bien, si ahora, sentado frente a mí, todo vuelve en un imperceptible pestañeo, a hacerme vibrar? ¿Cómo?
Pasada la sorpresa –para él fue más grande aún-, subió a tomar un café. Estuvimos conversando más de dos horas, como viejos amigos. Del bebé, y de cómo fue nuestra vida este tiempo, de trabajo. Obviamente, me preguntó quién era el papá de Joaquín, y si estaba enamorada de él. Y de golpe, me di cuenta de que no tengo la respuesta a esta pregunta.
Opté por la verdad. Ya no lo sé. Sé que confío en Ramiro. Que, de alguna manera, creo en él. Pero no creo poder hablar de amor. Me desilusionó, y mucho. Y no sé cuánto puedo dejarlo pasar. Ahora está de viaje, y sólo queda esperar. No voy a tomar decisiones, el tiempo dirá.
Como ahora, que el tiempo eligió este reencuentro.
